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MUSICA DE ADVIENTO

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Es tiempo de Adviento, de espera. El tiempo mágico en que se cubren con manto blanco las forestas y tundras,como para presagiar la espera de lo que vendrá. Un tono velado cubre de blanco lo que  será blanco.El triunfo del bien, la redención que se advierte. La que llegará. El panteísmo y Spinoza lo intuyen en cada cosa que nos rodea. Es tiempo de pasear por Viena, de dejarse llevar por una fruta bañada en chocolate, de husmear en el mercadillo del Ayuntamiento, de tomar un Melange caliente tal vez en la mesa en la que Zweig intuía el cambio, o en la que Mahler cambió para siempre, tal vez en el Landmann. Es tiempo de ver Salzburgo a la caida de la tarde, cuando el Salzach respeta el momento y deja bajar sus aguas como en sordina mientras el Tomaselli ebulle con deliciosos pasteles de nata, que Mozart también probó. Es tiempo de coger la bufanda sepultada, y escuchar música de adviento, la de la espera majestuosa que busca el acontecimiento que la marcará indeleble , y para siempre.

 

La Magnificencia , el magnificat anima mea Dominum, que partiendo de las palabras del Evangelio de Lucas auspicia una de las mas bellas formas musicales. La Virgen al ver a su prima Isabel clama de alegria en la espera de su hijo venidero: "Proclama mi alma la Grandeza del señor". Esta forma musical es la esencia del periodo de Adviento, la expresion mas hermosa de lo venidero.

La OSC ( Orquesta Sinfonica de Chamartin)  obsequió a sus espectadores el 27 de noviembre en el Auditorio Nacional con un concierto de Adviento en el que no faltaron el Magnificat de Vivaldi, ni el de Durante, y adelantándose en el tiempo, el sublime Concerto Grosso fatto per la Notte de Natale de Arcangelo Corelli. Un programa escogido y extraordinariamente bien interpretado por una orquesta que poco a poco trasciende el nombre del barrio que la vio nacer para proyectar su arte sin fronteras. Sin ruido y de la mano de su directora Silvia Sainz esta pequeña gran orquesta alimenta el gusto musical e iluminó una fría tarde de Adviento

Última actualización el Domingo, 28 de Noviembre de 2010 12:11  

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Desnivel presenta nueva cara de un libro que es ya un clásico de la literatura de montaña. Este libro va más allá de la mera recolección de aventuras  alpinas, más allá de Trekkings y más allá del himalayismo convencional de expediciones tan de moda. El libro de Javier Campos es un iter vital, introspectivo, íntimo y casi ascético. Realizar en Great Himalaya trail en invierno es una hazaña deportiva, desde luego, hay que tener una preparación óptima para poder caminar durante horas bajo temperaturas extremas, hay que saber alimentarse para no desfallecer, hay que saber cuidar de uno mismo y atajar los peligros que acechan en tales cotas. Pero sobre todo, hay que saberse conducir, saberse uno mismo, como en el mandato délfico, conocerse para conocer, pasar por el mundo como una esponja absorbiendo los dulce y lo amargo para crecer. Campos escribe un libro que no juzgamos en su calidad literaria, aquí no se trata de eso, aqí  se trata de ver este libro en su dimensión vital, casi espiritual, narrado desde el punto de vista de la franqueza con uno mismo. El éxito y el fracaso no son nada por sí, nadie es mejor por acabar el Great Himalaya, nadie es peor por no hacerlo, pero lograr esa hazaña vital, es un camino, un camino de verdad, de superación de dificultades extremas, de eso tan ajeno a nuestro mundo hedonista que es saber sufrir. Decía Agustín de Hipona que no es bueno sufrir , pero si haber sufrido, Campos logra un reto vital donde Itaca es lo de menos, el camino le enriqueció, y lo mismo ocurrirá a quienes lean este libro