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PASEANDO CON RESPIGHI

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 paseando con respighi

 

Músicas que vienen del Aventino, como el color de esas chicharras que ya empiezan a decorar el universo sonoro del viejo foro. El niño Otto pasea por las calles del Trastevere escuchando los sonidos milenarios de un vendedor ambulante que quiso ser tartufo para sonreírle a esa siciliana que le recordaba a Sofía. Otto se fija en todo, en las sandías abiertas de aspecto eterno y sabor insípido, en las voces de reclamo de aquel niño, que pudo haber sido él, a quien algún artista de renombre le compró un periódico. Paseaba por las callejuelas estrechas, que ocultaban el Panteón, y se hacía con las imágenes de las visitantes sajonas que descongestionaban el rubor de sus mejillas con esos helados inmensos que le recordaban que ya era verano. Luego las fuentes que le salían al paso, las fuentes que siempre han refrescado al visitante, fuentes que aparecen cuando se las necesita, pero que se ocultan entre un marasmo de florecillas tempranas, o en los recovecos de piedras arcanas que vieron apoyarse a Shelley.

 

Salía a buscar los colores que derramaría su música, allá por el mercado de las flores.Las niñas se envolvían un gesto de decoro entre las faldas de sus madres cuando percibían su mirada cazadora, luego ya, mayores, sus faldas ya no escondían nada y era él quien debía esconderse en la sombra que proyectaba Marco Aurelio.

 

Por la noche Navona se llenaba de color, las mesas llenas con esos manteles a cuadros que impregnaban de rojo el aire, que otrora se llenó de ruidos de circo. De cuando en cuando, como recomendaba Henri Beyle, cuando se hizo llamar Sthendal, se dejaba llevar hasta alguna iglesia, donde admiraba las pinturas que habrían podido ser música.

 

Luego se sentaba a descansar en la  Via Appia, la Antica,  para rendir tributo a Cecillia Metella, y descubrió entre los pinos de Roma que Cayo Cestio tenía una pirámide y Keats dejó escrito su nombre sobre el agua.

 

Última actualización el Domingo, 19 de Junio de 2011 10:52  

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Sicilia Mia. Editorial Elba 

Cesare Brandi nos propone un viaje sentimental al estilo de Sterne, por la vieja isla. Su historia variada, su vida azarosa, los rigores que siempre la han azotado hasta convertirla en una ínsula de sí misma, Sicilia es una cuna y una tumba, un elogio de la belleza más profunda y ascética, un roce con la mística de la vida, una patria de sentimientos ocultos. Brandi, la observa como espectador y se involucra en esa belleza que cala hondo. La belleza de Agrigento con esos templos de otro mundo, Cefalu con sus aguas turquesas que le piden una escena a Tornatore, los mosaicos de Villa del Casale, la bella Taormina con su teatro eterno, Erice que mira al mundo por encima del hombro de san Vito Lo Capo, Messina con un pie aqui y el otro allí, la Palermo dura, difícil con una belleza que hoy solo evoca entre ruinas del abandono mas cruel, Bagheria con sus villas que vieron al cine de Coppola, y esa Siracusa que parece verla a ella caminando con su falda ajustada bajo un anuncio descolorido de Campari.

Sicilia puede serlo todo, y la nada, Brandi la disecciona en este libro de extrema belleza editado con gusto por Elba, un libro para los que quieran bucear el el árido corazón de la patria de la Trinacria.