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DIAGHILEV, NIJINSKY : UNA HISTORIA SOBRE LA BELLEZA

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ballets rusos

 

El arte y solo el arte. Eso es lo único importante. Sobra todo lo demás. No se debe perder ni un minuto en todo aquello que no sea arte. Esa es la esencia. Así será  mi vida. Diaghilev miraba por la ventana.  Se veía el frio atroz. El frío puede verse, como puede verse el alma, como puede verse el arte y todas aquellas cosas que la gente vulgar siempre nos ha dicho que no pueden verse. Diaghilev empezaba a tenerlo claro. Tras la débil luz que iluminaba la calle, tras las hogueras que decoraban las esquinas en un rito de vida, tras el hielo negro, está el arte.

El arte como concepto se vacía a sí mismo en un horror vacui que nos puede instalar en  el vértigo hacia un abismo insondable y oscuro. El arte debe hacerse carne, como hizo Dios. La encarnación del arte es uno de los misterios de la vida. El arte escoge a seres sublimes, a seres que no pueden defraudar la esencia de la belleza. La belleza puede serlo todo. Diaghilev descubre la belleza, descubre a un ser que la encarna, un elegido, un hombre ungido que lo arrebata en un rubor  febril del que ya no podrá liberarse.

Nijinsky es la representación de la belleza atribulada ; su procacidad, su arrojo, su ambigüedad casi lasciva… Nijinsky lo es todo, tiene esa juventud efervescente que lo convierte en un animal cuya doma motiva a Diaghilev y le hace sentir vivo, como solo uno se siente al descubrir un objeto de depredación que va a exigir de toda la fuerza del mundo hasta su reducción. Su estética de apolo, su belleza agreste, su carácter mitad afable mitad indómito resulta irresistible. Diaghilev se acerca temeroso pero con la astucia de quien cree que la oposición durará lo que permita la vanidad de la presa. Nijinsky es vanidoso, todo es vanidad, Diaghilev sabe esto, y muchas mas cosas.  Promesas de inmortalidad. Nada más gratificante que mostrarle al objeto de deseo los secretos de la vida, los órdenes invisibles que todo lo rigen.

Es hora de convertirse en cicerone: paseos por la Perspectiva Nevsky,  visitas al Hermitage para ver cómo Leonardo descubrió también la belleza, cenas con la nobleza siempre lo suficientemente aburrida,  ávida de nuevos objetos dignos de devorar.  Palacio Yusupov, con ecos de conspiración y muerte, las salas del Strogonov donde quedarían las huellas de  la Paulova, paseos por el Moika para ver las tinieblas de la vida, la cara oculta como la que llevó a Puskhin a mirar a la muerte a los ojos . La noche sirve para descubrirle a Nijinsky los placeres de una vida desconocida. Salones de malaquita con el oropel barroco que tanto odiara Catalina, los muebles más exquisitos, tapices, el ornato de ese París que iba calándose silente en el alma del Neva , hasta hacer colocar caviar en un huevo Fabergé . La relación se hace fuerte y Diaghilev se siente impregnado para siempre del alma descubierta.

Aun sienten el miedo que invade el continente, está sin cerrar la herida que la pasión entre hombres dejó a Wilde huérfano de vida. Diaghilev se adhiere a ese dandismo maravilloso que tanto le debe a Oscar, teme que Nijinsky sea su Bosie. Aún así dan el paso y no esconden su vida conjunta. ¿No se admira acaso con sinceridad la belleza de Eros y Psique? ¿ No se le saltan las lágrimas a un hombre  al ver la belleza desgarrada de la Piedad de Miguel Angel?  

El éxito, los Ballets Rusos son el reclamo de la elegancia parisina, las giras por todo el mundo, el arte al que juró consagrarse vence y Diaghilev comprende la esencia, descubre la gracia, que cantó Battiato.

Todo ascenso tiene caída. Caer es el paso aristocrático a la verdad de la vida. La boda de Nijinsky con Romola de Pulszky abre a Diaghilev el deseo incontrolado de lo que ya se sabía perdido, pero trata de recuperarse aunque solo sea por vengarse del destino en una postrera violencia que trata de sellar con sangre una herida del alma. Los dioses tienen su ocaso.

El fin de la vida, el adiós, la caída definitiva se produce en el Gran Hotel des Bains. La muerte en Venecia,  una vez más, como en un homenaje a Thomas Mann, donde Diaghilev tal vez dejó la vida con la melancólica mirada hacia una playa en la que recordó a su Tadzio.

 

Última actualización el Lunes, 28 de Noviembre de 2011 19:47  

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Newsflash

STONER

  

STONER. JOHN WILLIAMS

Editorial Baile del Sol

 

Esta es la historia de un libro bellísimo, de un libro olvidado durante años que no ha tenido el éxito que merece en nuestro país, pero acabará teniéndolo, estamos empeñados en ello. Gracias a editorial Baile del Sol y a su trabajo inteligente podemos disfrutarlo

Stoner es la historia de un hombre común, un hombre vulgar, héroe de su propia cotidianeidad. Un hombre como los de Capra, un hombre como James Stewart, ese americano medio que renuncia a sus sueños fagocitado por la abrumadora presencia de la vida, pre diseñada, que urde sus hilos invisibles como Aracne. Stoner, cuya presencia es una piedra, una losa en cada página del libro es un hombre de Missouri, labrado a la usanza de la vieja América, siempre tan nueva. Medio rural, granja, padres esforzados y favores debidos. Losa de un esfuerzo de la generación precedente con el que uno parece sentirse siempre en deuda;  esa deuda es la losa, el peso que se transporta sobre la espalda. La lucha por la vida en un ideal casi barojiano, la universidad americana, el esfuerzo. Después la vida anodina, la falta de estímulo, la mujer melancólica que distancia del afecto, luego una hija, más tarde los problemas, la persecución del malo, siempre hay un malo en nuestras vidas, Lomax es el malo de Stoner.

El tedium vitae, el envejecimiento prematuro, la vida que se escapa y no hay quien la detenga. No se puede detener la vida. Después el aire fresco, el nuevo impulso vital, la primavera postrera que llena de ilusión los días de amargura como en una libertad condicional bien merecida. Ecos que luego se verán en Coetzee. Stoner acepta con resignada fuerza los avatares intangibles del destino. Stoner es un estoico.

Stoner es un poco Holden Caufield y un poco Hans Castorp. Stoner presta su carne al drama de la existencia, al pasar de las horas que hieren hasta que la última produce, como en el adagio latino, la necesaria consecuencia. Stoner es un libro inmenso en su simplicidad, una historia que nos suena, tal vez la estemos viviendo o la hayamos vivido. Tal vez seamos Lomax, o la señorita Driscoll, o tal vez seamos Stoner.