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UNA MUERTE PARA WAGNER

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La mañana helada. Niebla y vapor de agua en uno de esos dias en que Venecia se borra como para no volver a existir nunca y sumergirse eternamente en la Laguna, una laguna, ese día Estigia, que sirve de último tránsito a la góndola que parece dirigida hacia el Hades. Uno de esos días en que parece que nada volverá a ser igual, uno de esos días en los que termina una historia para siempre.

Venecia está de luto. Nada mas triste que Venecia de luto cuando las góndolas recuperan su primigenia estética de catafalco flotante, y el gondolero es sustituido por Caronte. Wagner ha muerto. El cortejo flota. La lúgubre gondola de Liszt se abre paso por el Gran Canal cubierta de negro; avanza y se tambalea por el reflujo de las olas que rompen contra la proa salpicando de sal la tierra. La escena, operística, queda grabada para siempre en quienes la presencian como representación del último tránsito al alcance de la morada eterna. Un terrón de tierra sustituido por una gota de agua que salpica a modo de punto y final una azarosa vida que concluye.

Como Aschenbach, al que Thomas Mann situó en las postrimerías de su vida regalándole la última mirada del joven Tadzio, Wagner visita con su mirada los escenarios de la otra muerte en Venecia, que se escribirá mas tarde, para consagrar la luz pavorosa de una mañana de niebla en Venecia.

 

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