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UNA MUERTE PARA WAGNER

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La mañana helada. Niebla y vapor de agua en uno de esos dias en que Venecia se borra como para no volver a existir nunca y sumergirse eternamente en la Laguna, una laguna, ese día Estigia, que sirve de último tránsito a la góndola que parece dirigida hacia el Hades. Uno de esos días en que parece que nada volverá a ser igual, uno de esos días en los que termina una historia para siempre.

Venecia está de luto. Nada mas triste que Venecia de luto cuando las góndolas recuperan su primigenia estética de catafalco flotante, y el gondolero es sustituido por Caronte. Wagner ha muerto. El cortejo flota. La lúgubre gondola de Liszt se abre paso por el Gran Canal cubierta de negro; avanza y se tambalea por el reflujo de las olas que rompen contra la proa salpicando de sal la tierra. La escena, operística, queda grabada para siempre en quienes la presencian como representación del último tránsito al alcance de la morada eterna. Un terrón de tierra sustituido por una gota de agua que salpica a modo de punto y final una azarosa vida que concluye.

Como Aschenbach, al que Thomas Mann situó en las postrimerías de su vida regalándole la última mirada del joven Tadzio, Wagner visita con su mirada los escenarios de la otra muerte en Venecia, que se escribirá mas tarde, para consagrar la luz pavorosa de una mañana de niebla en Venecia.

 

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STONER

  

STONER. JOHN WILLIAMS

Editorial Baile del Sol

 

Esta es la historia de un libro bellísimo, de un libro olvidado durante años que no ha tenido el éxito que merece en nuestro país, pero acabará teniéndolo, estamos empeñados en ello. Gracias a editorial Baile del Sol y a su trabajo inteligente podemos disfrutarlo

Stoner es la historia de un hombre común, un hombre vulgar, héroe de su propia cotidianeidad. Un hombre como los de Capra, un hombre como James Stewart, ese americano medio que renuncia a sus sueños fagocitado por la abrumadora presencia de la vida, pre diseñada, que urde sus hilos invisibles como Aracne. Stoner, cuya presencia es una piedra, una losa en cada página del libro es un hombre de Missouri, labrado a la usanza de la vieja América, siempre tan nueva. Medio rural, granja, padres esforzados y favores debidos. Losa de un esfuerzo de la generación precedente con el que uno parece sentirse siempre en deuda;  esa deuda es la losa, el peso que se transporta sobre la espalda. La lucha por la vida en un ideal casi barojiano, la universidad americana, el esfuerzo. Después la vida anodina, la falta de estímulo, la mujer melancólica que distancia del afecto, luego una hija, más tarde los problemas, la persecución del malo, siempre hay un malo en nuestras vidas, Lomax es el malo de Stoner.

El tedium vitae, el envejecimiento prematuro, la vida que se escapa y no hay quien la detenga. No se puede detener la vida. Después el aire fresco, el nuevo impulso vital, la primavera postrera que llena de ilusión los días de amargura como en una libertad condicional bien merecida. Ecos que luego se verán en Coetzee. Stoner acepta con resignada fuerza los avatares intangibles del destino. Stoner es un estoico.

Stoner es un poco Holden Caufield y un poco Hans Castorp. Stoner presta su carne al drama de la existencia, al pasar de las horas que hieren hasta que la última produce, como en el adagio latino, la necesaria consecuencia. Stoner es un libro inmenso en su simplicidad, una historia que nos suena, tal vez la estemos viviendo o la hayamos vivido. Tal vez seamos Lomax, o la señorita Driscoll, o tal vez seamos Stoner.