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BRAD MEHLDAU EN MADRID. IMPRESIONES DE UN CONCIERTO DE REFERENCIA

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bred mehldau

BRAD MEHLDAU EN MADRID. photo (c) MichelWilson Under permission International Music Network

 Como abandonando su cuerpo aparece Brad Mehldau, circunspecto, concediendo saludos corteses pero desprovistos de adorno, ascéticos, casi místicos, como una portada de un disco de ECM. Se inclina sobre el teclado perdiendo la verticalidad, y comienza a contarle al Steinway todo lo que parece llevar dentro. Las capacidades de Mehldau son arrogantes, somete al piano a su absoluta voluntad domando sus reticencias hasta convertirlas en pleitesía. Puede acariciar el marfil y someterlo duramente, sin piedad, con la seguridad de que nada se interpondrá entre su cerebro y el sonido. Acomete las piezas sin solución de continuidad, como enlazando unas con otras tratando de evitar el aplauso que tímidamente parece rehusar, como en una humildad bruñida al fuego de la música y sólo de la música. Ésta su alimento, nada más. Tras un ligero acomodo, que descompondrá casi en el acto, recompone su estética por un segundo para  dejar de erguirse y convertirse, de hecho, en un ser musical que sólo procesa datos, que en una especie de sinapsis metafísica permite la transmisión de órdenes de su cerebro a sus manos  con una velocidad prodigiosa, alterando el concepto último y cuestionando la nomenclatura musical, menospreciando la semifusa.

Prefiere no levantarse, no marcharse, no volver, tan sólo parece querer estar. Estar aquí y ahora, en un trance que no debe ser alterado por nada ni por nadie, ni siquiera por él mismo. Rehúye el contacto, siquiera visual con el entorno, al que en ése preciso momento desprecia, como se desprecia a un perro que ladra en el vecindario, aunque después se le regale una caricia, como hacía el cruel personaje de Thomas Mann.

Puede conseguir la delicadeza extrema, y al tiempo conciliar un terremoto con su mano izquierda hasta hacer de su instrumento mil instrumentos, llenar de sonido el infinito para detenerlo, degradarlo y someterlo de nuevo a los dictados de la mano derecha. Todo esto y mucho más hizo Brad Mehldau el pasado domingo en Madrid, hemos pensado que debíamos contarlo.

Última actualización el Lunes, 14 de Abril de 2014 08:21  

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Newsflash

STONER

  

STONER. JOHN WILLIAMS

Editorial Baile del Sol

 

Esta es la historia de un libro bellísimo, de un libro olvidado durante años que no ha tenido el éxito que merece en nuestro país, pero acabará teniéndolo, estamos empeñados en ello. Gracias a editorial Baile del Sol y a su trabajo inteligente podemos disfrutarlo

Stoner es la historia de un hombre común, un hombre vulgar, héroe de su propia cotidianeidad. Un hombre como los de Capra, un hombre como James Stewart, ese americano medio que renuncia a sus sueños fagocitado por la abrumadora presencia de la vida, pre diseñada, que urde sus hilos invisibles como Aracne. Stoner, cuya presencia es una piedra, una losa en cada página del libro es un hombre de Missouri, labrado a la usanza de la vieja América, siempre tan nueva. Medio rural, granja, padres esforzados y favores debidos. Losa de un esfuerzo de la generación precedente con el que uno parece sentirse siempre en deuda;  esa deuda es la losa, el peso que se transporta sobre la espalda. La lucha por la vida en un ideal casi barojiano, la universidad americana, el esfuerzo. Después la vida anodina, la falta de estímulo, la mujer melancólica que distancia del afecto, luego una hija, más tarde los problemas, la persecución del malo, siempre hay un malo en nuestras vidas, Lomax es el malo de Stoner.

El tedium vitae, el envejecimiento prematuro, la vida que se escapa y no hay quien la detenga. No se puede detener la vida. Después el aire fresco, el nuevo impulso vital, la primavera postrera que llena de ilusión los días de amargura como en una libertad condicional bien merecida. Ecos que luego se verán en Coetzee. Stoner acepta con resignada fuerza los avatares intangibles del destino. Stoner es un estoico.

Stoner es un poco Holden Caufield y un poco Hans Castorp. Stoner presta su carne al drama de la existencia, al pasar de las horas que hieren hasta que la última produce, como en el adagio latino, la necesaria consecuencia. Stoner es un libro inmenso en su simplicidad, una historia que nos suena, tal vez la estemos viviendo o la hayamos vivido. Tal vez seamos Lomax, o la señorita Driscoll, o tal vez seamos Stoner.