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AQUELLA LUZ VERDE

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  Photo under special permission Red Wagon Entertainment 2015

En 1954 Marcus Fitzgerald Wayne, escribió un bello poema jazzístico dedicado a quien después se supo, fue una bella mujer que ignoraba su belleza y su poder; en su dedicatoria escribió: Para C.B, la que creyendo no ser nada lo fue todo.

Celine Barnes nunca llegó a escuchar aquella obra de Wayne, y según se cree nunca fue consciente de su belleza.

 

Para sentirse así Marcus Wayne no tuvo que esperar mucho. Le bastó entrar por la puerta y verla. No sabía por qué ni cómo pero ahí estaba, sentada, con espalda recta y sus enormes ojos de color casi indefinido que robaron su alma al instante. Su época en el Village había acabado, tenía su contrabajo casi por castigo, como esas condenas silenciosas a las que uno se siente atado casi sin saber cual fue el principio y cual sería el final. Su vida larga, su experiencia eterna no fueron capaces de domar su instinto para apaciguar su necesidad de conocerla.

No es fácil explicarse razones ni motivos, ni tampoco saber la causa de una admiración ultraterrena que inicialmente tuvo su base en la nada para llegar al todo. Wayne era perro viejo, lejos de considerarse el seductor que todas creían, fue siempre hombre fiel a sí mismo y a todos los que en él alguna vez confiaron y posaron su mirada. Eso no era bueno, él lo sabía, lo hacía vulnerable y nada detestaba más que esa sensación de vulnerabilidad que le obligaba a sublimar su papel, sobreactuando en aras de una seguridad que iba perdiendo a medida que se exponía.

Da igual, pensaba. Hay que tener suerte para conocer algo así. Esa sensación de ser querido de verdad, trascendiendo la mera poesía del alma. Que mas da cómo y cuando, pensaba, eso no era relevante. Lo relevante era verla en el club, allí, al final, como flotando en el aire.

La vida es complicada, eso lo aprendió bien joven cuando despuntaba en todo, con esa competitividad enfermiza que le obligaba a ganar hasta cuando se retaba a sí mismo. Luego abandonó esos anhelos de victoria. El jazz le enseño a no ganar, a no querer siquiera competir en una especie de autosuficiencia, algo vanidosa, en la que siempre se encontró seguro. Ella era otra cosa, ni un entretenimiento, ni un juego. Era algo superior, supremo, destinado a las más altas cotas de creación. Cerca de una musa, al lado de una diosa. Una mujer de esas a las que se les atribuye el poder de parar el tiempo, de esas que uno puede darse por satisfecho si las ve una vez en la vida o dos, pasar corriendo en una tarde de lluvia.

A menudo se recordaba a sí mismo cuando se sentaba en el muelle, recreando al otro Fitzgerald, para ver algunas noches tras el concierto la luz verde, en la que siempre creyó. Le dio igual el tiempo, el momento, la oportunidad, todo daba igual. Lo importante, lo únicamente importante fue haber sabido que la vida le había brindado de nuevo la oportunidad de saber que la belleza, como dijo Dostoievski, siempre salvará al mundo.

 

 

Última actualización el Jueves, 24 de Septiembre de 2015 10:28  

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