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El rapto de las musas

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 26 de septiembre

 Como en una mañana clara tranquila, como de sosegada laguna, que decía Pedro Antonio de Alarcón, mañanas en que el corazón del hombre se dilata al par del cielo y la tierra y vienen al alma mas vivos y melancólicos que nunca los recuerdos de los seres que nos arrebató la muerte. Como en una de esas mañanas el joven Klaus Inglemann descubrió en Alejandría el poder de la Musa. Las creía habitantes del Parnaso, que había visitado con su padre, y no reparó jamás en ellas.

Allí la vio por vez primera, en una mañana de agosto, extraña y densa como el lago Mareotis. Allí la vio por vez primera con sus ojos claros de mirada noble, delgada, con un recogido que se coronaba a sí mismo, como de diosa griega. Sus piernas fuertes, y toda aquella presencia moviéndose de manera que el cosmos parecía engrasarse en un rito presidido por Serapis. Ese fue el logos y el thopos, ese fue el momento en el que Inglemann, apodado Dálmata por sus lunares asimétricos, cambió su vida notando súbitamente que nada sería igual jamás. Aquella tarde como decía Bowles se convirtió en trascendente, una tarde sin la que ya no podrás entender tu vida. La buscaba sin descanso, volvía a pasar por el bulevar con la ilusión de aquella vez primera, preguntaba a camareros y transeúntes, quería verla pasar de nuevo bajo aquel desconchado anuncio de Campari. Quería verla como en aquel poema de Kavafis y se fue a la calle Lepsius, para encontrar el hilo. Los hilos invisibles con los que la vida juega con nosotros, los hilos que nos teje alrededor, tan invisibles. Los hilos que te unen para siempre. Quería decirle que ella le inspiró toda su obra, aquellas sinfonías que maravillaron al mundo, los cuartetos que hacían llorar de belleza. Quería decirle que nada se entendería sin ella, que su primer pensamiento y el último siempre serían suyos cada día. Chiara Borgoventoso, así le dijeron que se llamaba. No llegó a creerlo nunca.

Si al menos hubiera podido verla una vez mas después de aquella vez primera, si al menos hubiera podido decirle que nunca se fuera lejos, si ella pudiera haberle creído, si al menos pudiera oler su perfume, si al menos pudiera ver su sonrisa una vez mas.

Con la llegada del verano, cada año veía el vuelo de las cigüeñas. Volaban ligeras para juntarse en la ribera del Mareotis, que vio a Clea y Balthazar en una lejana noche de Durrell. Allí, febril, anciano y exangüe, allí mismo entendió lo rara que es la vida para tejer tan poderosos hilos invisibles entre un dálmata y una cigüeña

 

Última actualización el Domingo, 25 de Septiembre de 2016 17:16  

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