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Idomeneo, Rey de Creta

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idomeneo

Idomeneo es una de las óperas más desconcertantes de Mozart. Un equilibrio constante entre lo nuevo y lo antiguo, entre la reforma de Gluck y los anclajes en los cimientos de la más maravillosa opera clásica. Mozart quiere a esta partitura, tan vinculada a Munich, y que creyó le convertiría a él mismo en un eterno tercer acto.

Esta producción que nos presenta el Teatro Real en coproducción de la Scala tiene todos los méritos de la conservación de la frescura Mozartiana con un desenfado que respeta la obra. Los repartos excelentes ambos y muy bien equilibrados, lo que cada vez viene siendo más infrecuente. Una puesta en escena sobria pero que lejos de mancillar la obra original permite en esa desnudez apreciar más si cabe la obra musical. Quienes me sigan desde estas páginas saben que no soy defensora de los experimentos escénicos, que defiendo a ultranza que una opera trae consigo un manual de instrucciones muy claro, de ya no sólo la música, sino también de la escena, que ningún escenógrafo es nadie para hacer lo que se le ocurra con lo que un genio mucho más grande que él pensó y escribió, pero en este caso debo traicionarme al decir que la modernidad de la escena me agradó ya que era evidente el buen gusto y el contraste sonoro con la puesta en escena. El Teatro Real de Madrid está haciendo un buen trabajo en la cuidada selección de su programa y en sus argumentos escénicos y se nota.

La partitura de Idomeneo se abre con una emocionante obertura en cuya música resuenan los audaces ecos del Sturm und Drang. Tras una solemne introducción, el mar ruge furioso y sacude, con poderosos golpes de timbal, las costas de Creta.

Acto I

La princesa troyana Ilia ha sido capturada por las tropas cretenses. La más profunda desdicha se apodera de su corazón, pues cree que el joven al que ama, Idamante –hijo de Idomeneo, el rey de Creta, su enemigo–, planea casarse con la princesa griega Elettra, hija de Agamenón. En los portentosos recitativo accompagnato y aria “Quando avran fine omai... Padre, germani, addio!” colisionan la devoción de Ilia por Idamante y su odio por el pueblo de Creta. La maravillosa música de Mozart refleja con ardiente fantasía tan compleja explosión de sentimientos. Idamante le declara su amor a la princesa troyana y promete clemencia a los prisioneros troyanos. Elettra es informada del naufragio del navío de Idomeneo. Con la muerte del rey, todas sus esperanzas de contraer matrimonio con su sucesor se disipan. Su furia se manifiesta con virulencia en la maravillosa aria “Tutte nel cor vi sento”, precedida por el soberbio recitativo accompagnato “Estinto è Idomeneo?”. El tormentoso paisaje inspira a Mozart una música volcánica, que prefigura cierta forma de dramatismo consolidada, una década después, en Die Zauberflöte (La flauta mágica). Sin embargo, Idomeneo surge de las aguas, superviviente del naufragio. Neptuno ha salvado su vida. A cambio, el monarca ha prometido sacrificar en honor del dios al primer mortal que se cruce en su camino. El infortunio elige a Idamante, su propio hijo. Horrorizado, Idomeneo huye sin dar explicaciones. Perplejo, Idamante sufre.

Acto II

Arbace halla una solución temporal al drama de Idomeneo: Idamante será enviado a Argos; custodiará a Elettra durante su regreso a Grecia, y así evitará que los designios de Neptuno se cumplan. Ilia escucha la conversación del rey con su confidente, tras lo cual renuncia a su amor por Idamante. Después agradece a
Idomeneo su magnanimidad. En “Se il padre perdei” –una de las más bellas, equilibradas y conmovedoras arias de la partitura mozartiana– los instrumentos de viento gozan de un total protagonismo. Idomeneo comprueba que Ilia ama sinceramente a su hijo y ve, por tanto, cómo su pacto con Neptuno se cobra nuevas víctimas. El accompagnato “Qual mi conturba i sensi” da paso a la gran aria “Fuor del mar”, dificilísima pieza d’agilità que irradia nobleza y carácter. Dichosa, Elettra se encamina al puerto de Sidón para iniciar su viaje de regreso a Grecia (es el hermosísimo coro de soldados y marineros “Placido è il mar”, en el que también interviene la princesa griega). Elettra e Idamante se despiden de Idomeneo en el conmovedor terceto “Pria di partir, oh Dio!”. En el momento en el que los jóvenes se disponen a subir a bordo de la embarcación se desata una tormenta. Un monstruo, enviado por el iracundo Neptuno, sale de las revueltas aguas del mar. La muchedumbre huye despavorida. Aquí hallamos uno de los epicentros dramáticos de la ópera mozartiana: el desesperado recitativo del personaje titular, “Eccoti in me, barbaro Nume!”, flanqueado por los extraordinarios y turbulentos coros “Qual nuovo terrore!” y “Corriamo, fuggiamo”.

Acto III
Ilia canta en soledad el encantador “Zeffiretti lusinghieri”. Entra Idamante, dispuesto a enfrentarse al monstruo que aterroriza a los ciudadanos de Creta. Cuando ambos se declaran su amor aparece Idomeneo,
acompañado de Elettra, y sugiere a su hijo que abandone el país cuanto antes. Idamante sigue sin conocer las razones reales que motivan a su padre para exigirle tal sacrificio. He aquí, quizá, la más preciada pieza de tan admirable partitura: el cuarteto “Andrò ramingo e solo”, cuya música embargaba de emoción al propio Mozart. Después, el Gran Sacerdote y el pueblo reclaman a Idomeneo una solución. Desesperado, el rey decide saldar su deuda con Neptuno y entregar en sacrificio a su hijo. Los ciudadanos de Creta cantan el desgarrador “Oh voto tremendo!”. Ya en el templo, Idomeneo intenta, por última vez, conmover al dios, sin éxito. Idamante, que ha acabado con la vida del monstruo, conoce por fin su cruel destino, que acata heroicamente. Cuando el rey va a acabar con la vida de su hijo se interpone Ilia, ofreciéndose en lugar de su
amado Idamante. Una voz profunda y misteriosa asegura el perdón de Neptuno a cambio de la abdicación de Idomeneo en favor de su hijo y de Ilia. El rey satisface los deseos del oráculo y el pueblo celebra la dicha de su nuevo regente y su futura esposa.

Idomeneo (tenor) Kurt Streit (Jul. 17, 19, 21, 24, 26)
                                                         Kobie van Rensbur
            Idamante (soprano/tenor)     Bernarda Fink
                                                         Joyce DiDonato
                               Ilia (soprano)     Cinzia Forte
                                                         María Bayo
                         Electra (soprano)     Emma Bell
                                                         Iano Tamar
                             Arbace (tenor)     Charles Workman
                                                         Francisco Corujo
             El gran sacerdote (tenor)     Eduardo Santamaría
           La voz de Neptuno (bajo)     René Pape
                              Dos cretenses     Isabel Rivero, Alejandra Spagnuolo
                               Dos troyanos     Luis Izquierdo, Juan Manuel Muruaga
                                El mensajero     Luis Izquierdo
Coro y Orquesta Titular del Teatro Real
                                                         Coro y Orquesta Sinfónica de Madrid

                                                         Nueva producción del Teatro Real
                                                         en coproducción con el Teatro alla Scala de Milán
                                                         y la Opéra National de Paris

 

 

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STONER

  

STONER. JOHN WILLIAMS

Editorial Baile del Sol

 

Esta es la historia de un libro bellísimo, de un libro olvidado durante años que no ha tenido el éxito que merece en nuestro país, pero acabará teniéndolo, estamos empeñados en ello. Gracias a editorial Baile del Sol y a su trabajo inteligente podemos disfrutarlo

Stoner es la historia de un hombre común, un hombre vulgar, héroe de su propia cotidianeidad. Un hombre como los de Capra, un hombre como James Stewart, ese americano medio que renuncia a sus sueños fagocitado por la abrumadora presencia de la vida, pre diseñada, que urde sus hilos invisibles como Aracne. Stoner, cuya presencia es una piedra, una losa en cada página del libro es un hombre de Missouri, labrado a la usanza de la vieja América, siempre tan nueva. Medio rural, granja, padres esforzados y favores debidos. Losa de un esfuerzo de la generación precedente con el que uno parece sentirse siempre en deuda;  esa deuda es la losa, el peso que se transporta sobre la espalda. La lucha por la vida en un ideal casi barojiano, la universidad americana, el esfuerzo. Después la vida anodina, la falta de estímulo, la mujer melancólica que distancia del afecto, luego una hija, más tarde los problemas, la persecución del malo, siempre hay un malo en nuestras vidas, Lomax es el malo de Stoner.

El tedium vitae, el envejecimiento prematuro, la vida que se escapa y no hay quien la detenga. No se puede detener la vida. Después el aire fresco, el nuevo impulso vital, la primavera postrera que llena de ilusión los días de amargura como en una libertad condicional bien merecida. Ecos que luego se verán en Coetzee. Stoner acepta con resignada fuerza los avatares intangibles del destino. Stoner es un estoico.

Stoner es un poco Holden Caufield y un poco Hans Castorp. Stoner presta su carne al drama de la existencia, al pasar de las horas que hieren hasta que la última produce, como en el adagio latino, la necesaria consecuencia. Stoner es un libro inmenso en su simplicidad, una historia que nos suena, tal vez la estemos viviendo o la hayamos vivido. Tal vez seamos Lomax, o la señorita Driscoll, o tal vez seamos Stoner.